El Tao de los caballos

Cuentos de los sabios taoístas

Cuentos toaistas Yo amo meditarEl príncipe de Zhao tenía una pasión desmesurada por las carreras de carros. Durante años, había tomado lecciones con su cochero, que era un maestro auriga de fama. Pero cada vez que el príncipe competía contra él, llegaba  último, aún cuando hubiese elegido para su tiro a los mejores corceles de sus caballerizas. Un dá en el que perdió una vez más ante toda su corte reunida, el señor bajó furibundo de su carro y le dijo a su cochero:

– Te he ofrecido vestdios de brocado, piedras preciosas, jades de un valor incalclable a cambio de tus servivcios. ¡Pero tu, ingrato, todavía no me has enseñado todos tus secretos!

tao de los caballos Yo amo meditar– Magestad, no todo se puede comprar. No puedo vender el Tao de los caballos.

– ¿Qué quieres decir?

– Un buen cochero debe hacer el vacío en su mente para unirse con el soplo de sus corceles. Cuando vais en cabeza, temeís que os adelante. Cuando vais detrás de mi, no pensáis más que en adelantarme. Vuestra mente está siempre concentrada en mi. ¿Cómo queréis, entonces, haceros uno con vuestros caballos y estar en armonía con su Tao?

La paciencia

Cuentos de los sabios taoístas

emperor Yo amo meditarrUn joven acababa de aprobar las oposiciones de mandarín. antes de tomar posesión de su primer destino oficial organizó una fiesta con sus condiscípulos para celebrar el acontecimiento. Durante la velada, uno de sus amigos que ocupaba un cargo desde hacía algún tiempo, le dio un consejo:

-Sobre todo, no olvides esto: la mayor virtud del mandarín es la paciencia.

Emperor Yo amo meditarEl funcionario novato saludó respetuosamente al veterano y le agradeció cordialmente esta preciada recomendación.

Un mes más tarde, durante un banquete, el mismo amigo le recomendó una vez más que se esforzase mucho en la paciencia. Nuestro joven letrado le dio las gracias con una sonrisa divertida.

Al mes siguiente, se cruzaron en los pasillos cubiertos con fieltro de un ministerio. El veterano agarró por la manga al principiante, se lo acercó de un tirón y le sopló al oído su sempiterno consejo. Contraviniendo la acolchada etiquta que era de rigor en los edificios oficiales, el otro retiró bruscamente su manga de seda y exclamó:

-¿Me tomas por un imbécil o qué? ¡Es la tercera vez que me repites lo mismo!

Mientras un cortejo de dignatarios indignados se vovía, el mentor declaró:

_ ¿Ves?, hago bien en repetirlo. ¡Mi consejo no es tan fácil de poner en práctica!

paciencia  Yo amo meditar

“Un momento de cólera es quemar en un instante la madera acumulada desde hace mucho tiempo.”